Cursaba el cuarto año en el Conservatorio y ya tenía fama de niño prodigio. De hecho mis padres habían decidido que no hiciera el secundario, para concentrarme en mi carrera y viajaba dos veces por semana a la capital a tomar clases con Scarabini. En el Conservatorio del pueblo me permitían estudiar en el aula principal, en cualquier horario que estuviera libre. Cuando Paula me vio, yo hacía lo que un principiante. Simplemente pasaba escalas en las distintas tonalidades, una y otra vez, en tempo andante, para mejorar mi toque. En el momento en que noté su presencia, ella estaba apoyada contra la puerta de la sala. Se trataba de un aula grande, con más de veinte bancos, dos pizarrones pentagramados, un piano Bechstein de gran cola (aunque tristemente deteriorado), el piso de parqué lustroso, grandes ventanales. Eso es todo lo que recuerdo. Y a Paula, que fue entrando de a poco, como midiendo los pasos.
-¿Te falta mucho? – me preguntó. -Necesito el piano para estudiar.
Dejé de tocar y la observé en silencio. Era rubia. Tenía el pelo lacio muy largo y los ojos verdes. Las mejillas llenas y cierto rubor en ellas. La nariz recta y larga que armonizaba muy bien en su cara. No era de esas bellezas que cortaba el aliento, pero me gustó. Mucho. Estaba vestida con unos vaqueros y una remera blanca ajustada de cuello redondo. Para su edad, que imaginé debía ser la mía (luego supe que era un año y medio más chica que yo), estaba ya bastante desarrollada pero no era demasiado alta. Llevaba también una mochila con una foto de los Beatles. Dejé de tocar y con la voz entrecortada, dije:
-Ya termino.
Y para impresionarla me puse a interpretar Sueño de amor de Liszt, pero no logré llamar demasiado su atención.
-Qué grasa. ¿No sabés algo mejor?
Aquello me ofendió. Scarabini decía que yo podía llegar a ser especialista en Liszt. Un calor me subió por el cuerpo y dejé de tocar.
-Andá a cagar- le dije y me preparé como para irme.
Ella me sonrió.
-Qué cola de paja. Te estaba cargando. Me llamo Paula.
A esa edad, las primeras impresiones suelen ser muy fuertes y esa chica logró cohibirme. Cuando Paula se presentó, me quedé mudo. Volví a sentarme y la observé con fijeza. No sabía qué decirle porque me miraba algo desafiante. Ni siquiera atinaba a presentarme, que era lo que correspondía que hiciera. Pero ella no dejó pasar demasiado tiempo en silencio.
-Ya sé quién sos vos. No hace falta que te presentes. ¿Tocamos algo?
-¿Qué? – le pregunté, luego de unos instantes.
-No sé, improvisemos a cuatro manos.
Buscó un asiento y se colocó al lado mío. Como buen caballero, me aparté y le dejé los agudos para dejar que cantara, que tuviera el rol principal. Su cuerpo irradiaba un calor agradable. Al menos así lo sentí cuando rozó con el codo mi antebrazo. Para que no notara que estaba ruborizado y nervioso, empecé a tocar. Acordes lentos y graves. Como una caminata. Una marcha hacia algún lado. Ella apoyó su mano izquierda en la silla, rozándome el muslo, y su mano derecha sobre el teclado. De a poco fue surgiendo una melodía. Dulce, pero firme. Con pocas y precisas notas. A mi me encantaba improvisar, se trataba de jugar a descubrir melodías de la nada. Esbocé una pequeña frase en los graves, con mi mano derecha, variando un poco la suya, pero manteniendo la misma intención romántica. Ella esperó que yo terminara mi frase con las manos sobre el regazo. Luego atacó los agudos con arpegios velocísimos, como desafiándome. Fui deshojando sus melodías de a poco, y jugando con ellas, dejando que fluyeran hasta que el oído me arrastrara hacia la nota precisa. Y para contrastar con lo que ella hacía, toqué lento. Pausado. Sólo con mi mano izquierda. Ella iba rubateando sus arpegios. Yo iba agregando energía a mi canto. Y notas. Y también mi mano derecha. Por momentos nos cruzábamos las manos o nos rozábamos las palmas y los dorsos. Yo sentía calor en el cuerpo, pero no dejaba que se notase. Cuando terminamos de tocar, ella me dio un beso en la mejilla y me dijo con cierto desparpajo:
-Tocás bien.
Y salió del aula sin darse vuelta para mirarme.