Mi hija pelaba las verduras. Yo las cortaba y las iba metiendo en la cacerola.
-How is this called?
-Batata.
-Batata- repetía Julia entre carcajadas. Sus manos trabajaban con tranquila laboriosidad. Luego levantaba el pelapapas y lo exhibía ante mis ojos.
-And this one?
-Pelapapas.
Soltaba otra carcajada y repetía:
-Pelapapas.
Por suerte la estábamos pasando bien en la cocina, preparando el puchero. Atrás estaba quedando nuestra discusión acerca de los tatuajes y los piercings.
-¿No querés saber cómo se llama eso que estás cortando?
-What?
-Esto se llama zapallo.
-That is the wierdest name.
La mire y le sonreí. En la casa teníamos televisión con algunos canales de aire y otros locales, aunque no teníamos cable. Se había traído sus telas para pintar. Podíamos pasear, estar juntos. Tres días se pasan volando. Pero en lo que no avanzábamos era en su castellano porque insistía en hablarme en inglés.
-Escuchame Julia- le dije, ella dejó el zapallo sobre la mesada y me miró atenta:- Tendríamos que hablar más en castellano. Esto de que hables todo el tiempo en inglés no va a ayudarte. Y cuando empieces el colegio no vas a entender nada.
Se encogió de hombros. Volvió a su zapallo y a la dura tarea de sacarle la cáscara.
-Ok- me dijo- como desees.
-Después, si querés, repasamos juntos algunas lecciones en tu computadora ¿te parece?
-Si.
Llamaron a la puerta. Julia y yo nos miramos extrañados.
-¿Será tu madre?
Era raro. Si mi esposa hubiera tenido que venir, nos habría avisado. No esperábamos a ningún pariente y yo ya no tenía relación con otras personas del pueblo. Ante nuestra indecisión, los golpes en la puerta se repitieron. Algo de luz natural, todavía entraba por la ventana, pero se veía que la noche caería pronto.
-Ya va- dije. -¿Quién será?
Mi hija volvió a sonreír y a encogerse de hombros.
-Vé a fijarte- me dijo lentamente, pensando cada palabra.
Atravesé la casa con paso ansioso. A través de la puerta cancel divisé una figura femenina. Parecía una muchacha joven. No había arreglado nada con nadie. ¿Sería alguna periodista del diario local? Era probable. Había visto algunas notas en el diario del pueblo sobre mi llegada. Era raro que no hubiesen avisado por teléfono. El contorno de la muchacha se dibujaba detrás del vidrio opaco con cierta elegancia. Vestía un saquito de lana de color crema y un vestido amplio que le llegaba hasta las rodillas. No miraba hacia la puerta, sino que su perfil daba hacia la calle. Tenía unos anteojos elegantes y rectos. Llevaba el pelo corto y, por lo que se podía ver, parecía bonita.
Abrí la puerta y dije: “hola”. La muchacha se dio vuelta para mirarme.
-Paula- exclamé. Un rubor me recorrió todo el cuerpo. Ella me miró algo sorprendida, bajando la vista y mordiéndose los labios.
-Yo… -empezó a decir, pero no pudo decir mucho porque pronto la estreché en un abrazo. Su cuerpo había cambiado tan poco desde la última vez que nos vimos. Mis brazos lo rodearon con firmeza y nos quedamos quietos un tiempo que hubiera sido eterno. Otra vez insistía con su balbuceo: yo… no… quizás una disculpa por no haberme reconocido aquella mañana. Sentí que ella se apartaba de mí. La escuché que decía “hola” con la voz un tanto contenida. Me di vuelta y vi cómo nuestra hija nos miraba con cierto tono de reproche. Nuestra hija… mi hija, ¡dios mío, qué lapsus!
-¿Es tu hija?- preguntó Paula.
-Si- dije: -Ella es Julia.
Paula abrió grandes sus ojos al escuchar ese nombre. Aquello me pareció extraño, era un nombre común, quizás porque dije Yulia y no Julia; pero fue apenas un instante, porque pronto se recompuso y repitió la versión castiza, como desautorizando mi pronunciación:
-Julia- y, como si todavía masticara ese nombre, se quedó unos instantes en silencio. Luego agregó: -Qué hermosa que sos.
Mi hija miró al piso y luego a mí, diciendo: “thanks”.
-Ella es Paula, una vieja amiga. Te hablé de ella.
Julia no decía nada, pero era claro que la visita de Paula la incomodaba, por más que la mujer le sonriera todo lo que lo hacía.
-Tantos años- dijo mientras yo la sostenía por las manos.
-En vos no parece que hayan pasado.
La recorrí con la mirada de arriba abajo. No podía creer lo que veía. El tiempo se deshacía en segundos que no terminaban de pasar.
-¿Me vas a tener todo el día en la puerta?
-No, claro, pasá. Estamos haciendo un puchero.
-¿Puchero? Qué rico.
Mi hija me miró sin decir palabra. Paula lo notó enseguida.
-Pero no te preocupes, ya comí- dijo más para Julia que para mi, aunque parecía dispuesta a quedarse, pese a todo.
Entramos en la casa y Paula miraba todo como si fuera la primera vez que lo viese.
-Está todo igual ¿no creés?
Mi hija ya se había perdido en la cocina, con su habitual presteza. Siempre me costaba seguirle el paso. Supongo que estaría algo ofendida ya que creía que íbamos a estar solos.