Tuvimos que ocultarnos las miradas nos hicieron pecadores. Y huimos aturdidos a la oscuridad donde reconocimos las líneas en tus manos, el rastro del pasado. Estabas llena de pecado y nos ardía la calma, había un infierno en tu cuerpo y qué más daba ya hay sanación en ese fuego. Fue entonces que cayeron esas copas desbordantes de deseo. Mostrabas tus encantos que prendieron esta fiebre de tenerte: de lamer tu corazón, de enredarme con tu cuerpo, de tomarte ya o morir en el intento. Estabas llena de pecado y nos ardía la calma, había un infierno en tu cuerpo y qué más daba ya, y que más daba y que más daba hay sanación en ese fuego.